Por Alberto Cordoví Benítez.
En pleno corazón de La Habana, en la esquina de
las calles Dragones y Zulueta, se levanta una de las grandes joyas del
patrimonio cultural cubano: el Teatro Martí. Su historia,
estrechamente vinculada al desarrollo artístico y político de la nación, lo
convierte en mucho más que un escenario.
Conocido inicialmente como Edén Garden,
el coliseo recibió en 1900 el nombre de Martí, en homenaje al
Héroe Nacional de Cuba. Apenas un año después, sus espacios fueron escenario de
un acontecimiento trascendental: acogió a la Asamblea Constituyente encargada
de redactar la primera Carta Magna de la República de Cuba.
Tras varios años de restauración, el Teatro Martí
recuperó su esplendor. Su elegante arquitectura exterior y la riqueza de su
interior —con columnas de hierro fundido, pisos de mármol, espejos, alfombras y
antiguas lunetas— revelan el extraordinario valor histórico y artístico de este
inmueble.

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