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Cuando los números comienzan a decidir qué música escuchamos

 Por Alberto Cordoví Benítez

¿Está la música perdiendo espacio frente al algoritmo?

Entre la creatividad del músico y las exigencias del algoritmo, la música contemporánea enfrenta una pregunta cada vez más difícil: ¿crear para expresar o crear para alcanzar números?

Hubo un tiempo en que una canción necesitaba algo más que llamar la atención durante unos segundos. Necesitaba una melodía capaz de permanecer en la memoria, una letra que dijera algo, una interpretación convincente y, sobre todo, una identidad propia.

Hoy el escenario ha cambiado. La música vive en un ecosistema dominado por las plataformas digitales, las redes sociales y los algoritmos. Una canción puede convertirse en un fenómeno mundial en cuestión de días, impulsada por un video de pocos segundos, un baile, una frase repetida miles de veces o una tendencia que desaparece tan rápidamente como apareció.

Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿Estamos componiendo música para ser escuchada o para ser compartida?

La diferencia puede parecer pequeña, pero en realidad encierra una profunda transformación de la manera en que se crea, se produce, se promociona y se consume la música.

Cuando el número se convierte en sinónimo de éxito

Para la industria cultural, los números siempre han sido importantes. La venta de discos, la asistencia a conciertos, la audiencia de la radio y posteriormente las reproducciones digitales han servido para medir el alcance de un artista.

Pero las redes sociales han llevado esa lógica a una dimensión diferente. Millones de reproducciones, seguidores, "me gusta", comentarios y visualizaciones pueden convertirse rápidamente en indicadores de éxito comercial. El problema aparece cuando esos indicadores dejan de ser una consecuencia del éxito artístico y pasan a convertirse en el objetivo fundamental de la creación.

Entonces la pregunta del compositor puede dejar de ser:"¿Qué quiero decir con esta canción?", para convertirse en: "¿Qué debo hacer para que esta canción se vuelva viral?" Y cuando esa segunda pregunta comienza a dominar la primera, algo cambia en el proceso creativo.

La música pensada para el algoritmo

Los algoritmos no tienen sensibilidad artística. No saben si una melodía es hermosa, si una interpretación transmite emoción o si una letra tiene profundidad.

Trabajan con comportamientos. Detectan qué se escucha, cuánto tiempo permanece una persona frente a un contenido, qué se repite, qué genera interacción y qué consigue que el usuario continúe consumiendo.

En ese contexto, la canción también puede comenzar a diseñarse como un producto destinado a competir por unos segundos de atención.

Una introducción demasiado larga puede ser considerada un problema. Una melodía que necesita varias escuchas para ser comprendida puede tener menos posibilidades de convertirse en tendencia. Una letra compleja puede resultar menos conveniente que una frase sencilla, fácilmente repetible y adaptable a un video de TikTok, Instagram o cualquier otra plataforma.

La creación musical empieza entonces a convivir con una nueva exigencia: ser inmediatamente consumible. Y eso puede tener consecuencias.

Reggaeton, trap, reparto… y una discusión que debemos tener con cuidado

Sería injusto afirmar que géneros como el reggaeton, el trap o el reparto carecen de calidad artística.

En todos ellos existen compositores, intérpretes, productores y músicos talentosos. También existen obras capaces de reflejar una época, una realidad social, una identidad cultural y determinadas experiencias de las nuevas generaciones. El problema es otro.

La enorme popularidad de algunos de estos géneros puede favorecer una lógica en la que la fórmula que funciona se repite hasta el agotamiento. Una determinada base rítmica funciona. Una determinada estructura funciona. Una determinada temática funciona. Una determinada manera de interpretar funciona.

Y entonces el mercado pide más de lo mismo. No necesariamente porque sea mejor, sino porque ya demostró que puede vender, generar reproducciones y producir interacción. La creatividad, poco a poco, puede quedar subordinada a la fórmula.

De la creación artística a la fabricación de contenidos

Quizás uno de los cambios más importantes de nuestra época sea que el músico ya no compite solamente con otros músicos. Compite con todo. Con videos de humor, influencers, noticias, videojuegos, millones de fotografías, transmisiones en directo y con otros millones de canciones.

Vivimos dentro de una economía de la atención. Y en esa economía, captar rápidamente al público tiene un valor enorme. Por eso la música corre el riesgo de transformarse en "contenido". La palabra no es inocente.

Una canción concebida fundamentalmente como contenido puede ser diseñada para provocar una reacción inmediata. Una canción concebida como obra artística puede permitirse, en cambio, desarrollar una historia, construir una atmósfera, experimentar, sorprender o incluso exigirle al oyente un poco de paciencia. No son necesariamente conceptos incompatibles. Pero tampoco son exactamente lo mismo.

El peligro de confundir popularidad con calidad

Una canción puede tener cien millones de reproducciones y ser artísticamente mediocre. Y otra puede tener diez mil reproducciones y ser una obra extraordinaria. Esto no es una contradicción.

Popularidad y calidad son categorías diferentes.

Una mide fundamentalmente alcance y consumo. La otra implica criterios mucho más complejos: composición, armonía, melodía, interpretación, producción, originalidad, poesía, innovación, capacidad expresiva y permanencia. El problema aparece cuando la industria cultural confunde ambas cosas.

Si una canción tiene millones de reproducciones, se interpreta que funciona. Si funciona, se considera exitosa. Y si es exitosa, se utiliza como referencia para producir la siguiente.

Así puede comenzar un círculo difícil de romper: éxito → fórmula → repetición → saturación → nueva fórmula → repetición. La industria gana eficiencia, pero la música puede perder diversidad.

¿Y qué responsabilidad tiene el público?

Sería demasiado sencillo culpar exclusivamente a las compañías discográficas, a los productores o a las plataformas. El público también participa.

Cada reproducción es una decisión. Cada canción que compartimos contribuye a aumentar su visibilidad. Cada tendencia que seguimos ayuda a determinar qué contenidos reciben más atención. Por eso también debemos preguntarnos qué estamos premiando como sociedad.

Si premiamos exclusivamente lo inmediato, lo provocador y lo repetitivo, el mercado tendrá razones para ofrecernos más de eso.

Si también buscamos composiciones diferentes, buenas letras, excelentes intérpretes y propuestas innovadoras, estaremos creando espacio para que esas obras encuentren público. El mercado responde, en buena medida, a aquello que tiene demanda.

El problema no es la juventud

Existe una tentación frecuente cuando se habla de estos temas: afirmar que "la música de antes era mejor" y que los jóvenes han perdido el gusto por la buena música. No creo que sea tan sencillo. Cada generación tiene sus propiasexpresiones culturales.

También hubo críticas contra el rock, el jazz, la música electrónica, la salsa, el hip hop y prácticamente todos los géneros que alguna vez rompieron con las convenciones establecidas.

La historia demuestra que lo nuevo no es necesariamente peor por ser nuevo. Lo que sí debemos cuestionar es un sistema cultural que, independientemente del género, premia cada vez más la capacidad de generar números y cada vez menos la capacidad de construir una obra.

Puede ocurrir con el reggaetón, trap o reparto. Pero también puede ocurrir mañana con cualquier otro género. El problema no pertenece a un ritmo determinado. Pertenece a una lógica de producción cultural.

¿Estamos perdiendo las canciones que necesitan tiempo?

Hay canciones que no conquistan inmediatamente. Necesitan dos, tres o diez escuchas. Hay letras que requieren atención. Hay discos que cuentan una historia completa. Hay intérpretes cuya verdadera dimensión se descubre escuchándolos en directo. Hay compositores cuya obra crece con los años. Ese tipo de música necesita algo que las redes sociales parecen tener cada vez menos: tiempo.

Y quizás ese sea uno de los grandes lujos culturales de nuestra época. Tiempo para escuchar. Tiempo para descubrir. Tiempo para equivocarnos. Tiempo para volver a escuchar. Tiempo para apreciar.

Si todo debe producir una reacción inmediata, corremos el riesgo de perder precisamente aquellas obras que necesitan madurar dentro de nosotros.

La industria también debería asumir su responsabilidad

La industria musical tiene derecho a buscar rentabilidad. No hay nada extraño en ello. Crear, grabar, producir, distribuir y promocionar música cuesta dinero. Pero la industria cultural tiene además una responsabilidad que va más allá de las cifras. Porque también construye imaginarios.

Ayuda a determinar qué artistas conocemos, qué canciones escuchamos, qué sonidos se convierten en tendencia y cuáles quedan prácticamente invisibles. Por eso sería saludable que los criterios de selección no dependieran exclusivamente de las reproducciones.

También deberían tener espacio la innovación, la calidad interpretativa, la riqueza compositiva, la diversidad y la capacidad de una obra para permanecer más allá de una temporada de redes sociales.

El verdadero desafío

Quizás el desafío de la música contemporánea no consiste en regresar al pasado. No necesitamos volver a la época de los discos de vinilo, de las grandes orquestas o de la radio como principal medio de difusión para recuperar la calidad.

La tecnología no es enemiga del arte. Internet ha permitido que músicos que antes jamás hubieran tenido acceso a una gran compañía discográfica puedan encontrar un público en cualquier parte del mundo. Eso es extraordinario.

El problema aparece cuando la herramienta comienza a dictar el contenido. Cuando el algoritmo determina la estructura. Cuando las estadísticas determinan la creatividad. Cuando la viralidad sustituye a la trascendencia. Y cuando una canción deja de preguntarse qué puede aportar para comenzar a preguntarse únicamente cuántas reproducciones puede conseguir.

No todo lo que se vuelve viral permanecerá

Las redes sociales tienen una memoria peculiar. Lo que hoy parece omnipresente puede desaparecer mañana.

Una tendencia puede durar semanas. Una canción puede acumular millones de reproducciones. Un artista puede convertirse en fenómeno. Pero la historia de la música ha demostrado que el verdadero éxito cultural suele medirse de otra manera: por aquello que permanece cuando la moda ya pasó.

Hay canciones que fueron éxitos durante un verano y después desaparecieron. Y hay canciones que quizá no rompieron récords en su momento, pero continúan siendo escuchadas décadas después.

Esa diferencia es fundamental. Porque la viralidad pertenece al presente. La obra artística puede pertenecer al tiempo.

La pregunta que queda

No se trata de decidir qué género es bueno y cuál es malo. Tampoco de enfrentar a una generación contra otra. La verdadera discusión es mucho más profunda: ¿Queremos una música creada para satisfacer al algoritmo o una música capaz de sobrevivir al algoritmo? Probablemente necesitamos ambas cosas.

Una industria cultural capaz de utilizar las nuevas herramientas sin convertirse en esclava de ellas. Artistas capaces de comprender las redes sociales sin permitir que estas definan su creatividad. Y un público dispuesto a mirar más allá del contador de reproducciones. Porque los números pueden decirnos cuántas personas escucharon una canción. Pero no necesariamente pueden decirnos cuántas personas sintieron algo al escucharla.

Y quizá ahí esté la diferencia entre una canción que simplemente se consume y una canción que, de verdad, consigue convertirse en parte de nuestra memoria.

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