¿Qué
queda de la música cubana cuando sus grandes voces se van?
Entre las voces que construyeron la música cubana y los
artistas que hoy buscan nuevos caminos existe un puente que no deberíamos dejar
caer: la posibilidad de transmitir una cultura que, generación tras generación,
ha sabido transformarse.
Por
Alberto Cordoví Benítez.
| La radio, los discos y las voces de ayer forman parte de una memoria musical que las nuevas generaciones tienen el desafío de mantener viva. |
Hay
canciones que parecen tener vida propia.
Basta
escuchar los primeros compases de un bolero, el sonido de una guitarra, unas
claves o determinada voz para que, casi sin avisar, aparezca una persona, una
calle, un amor, una fiesta o una época que creíamos olvidada.
Esa
es una de las cosas maravillosas de la música cubana: no solamente acompaña
nuestros recuerdos. Muchas veces forma parte de ellos. Pero las voces que
hicieron posibles esos recuerdos no son eternas.
Antonio Machín, Benny Moré, Olga Guillot, La Lupe, Fernando Álvarez, Orlando Contreras, BarbaritoDiez, Panchito Riset, Elena Burke, Bola de Nieve y Vicentico Valdés, entre
tantos otros, pertenecen ya a la historia.
Quedan
sus discos, sus fotografías, sus entrevistas y las historias que quienes los
conocieron todavía pueden contar.
Lo
que ya no podemos hacer es sentarnos frente a ellos y preguntarles qué
sintieron cuando grabaron determinada canción, qué había detrás de aquella
interpretación o qué significaba para ellos el público que los escuchaba.
Y
ahí aparece una pregunta que va mucho más allá de la nostalgia: ¿Quién se encargará de mantener
vivas esas voces y todo lo que representan?
Una
música que nació para transmitirse
La
música cubana nunca ha sido una expresión detenida en el tiempo.
El
son, el bolero, la rumba, la trova, el danzón, el mambo y el chachachá fueron
cambiando a medida que cambiaban también quienes los interpretaban y quienes
los escuchaban. Recibieron influencias, incorporaron nuevos instrumentos,
encontraron otras maneras de decir y terminaron formando parte de una historia
mucho más amplia.
La
propia UNESCO reconoce ese carácter vivo y transmisible.
En
2025, la práctica del
son cubano fue inscrita en la Lista Representativa del
Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
La
organización describe el son como una práctica que reúne canto, instrumentos,
ritmo y movimiento, y destaca que sus conocimientos se transmiten entre
generaciones a través de las familias, las comunidades, las orquestas y los
espacios educativos.
No
es un detalle menor. Porque preservar una expresión musical no consiste
simplemente en guardar grabaciones antiguas en un archivo.
También
significa que alguien aprenda a tocar un ritmo, que otro vuelva a cantar una
canción que escuchó en casa, que un músico enseñe a otro lo que aprendió de sus
maestros o que un joven descubra, muchos años después, una voz que sus padres o
sus abuelos escuchaban.
Una
tradición no está viva porque nadie la toque. Está viva cuando alguien la
vuelve a hacer suya.
Cuando
desaparece una voz, queda una historia
Cada
época encuentra su propia manera de acercarse a las canciones.
Para
quienes crecieron con la radio como principal compañía, una melodía podía estar
ligada a un programa, a la voz de un locutor o a una hora determinada del día. Después
llegaron los discos, los casetes y los CD.
Ahora
basta un teléfono para escuchar, en cuestión de segundos, una grabación hecha
hace sesenta o setenta años junto a una canción estrenada esta misma semana.
Latecnología cambió por completo nuestros hábitos. Pero hay algo que no ha
cambiado: escuchar una
canción no es necesariamente lo mismo que conocer su historia.
Un
algoritmo puede llevarnos desde Benny Moré hasta un artista contemporáneo.
Puede recomendarnos un bolero después de una pieza de jazz o mostrarnos una
grabación de Olga Guillot aunque nunca hayamos escuchado hablar de ella.
Pero
una plataforma difícilmente podrá explicarnos por sí sola quién fue aquella
mujer, por qué aquella interpretación fue importante, qué estaba sucediendo
cuando se grabó o por qué una canción consiguió atravesar varias décadas.
Ahí
aparece un trabajo que sigue siendo necesario. El de quienes investigan,
escriben, entrevistan, programan música, conservan documentos y cuentan
historias.
La
música cubana también se está escribiendo hoy
Hablar
del pasado no significa pensar que todo lo importante ya ocurrió.
La
creación cubana continúa y algunos de sus protagonistas demuestran que una
tradición puede mantenerse firme precisamente porque no deja de evolucionar.
Un
ejemplo reciente es Chucho
Valdés. El pianista publicó el 18 de septiembre de 2026 UNCUT, un álbum de ocho
piezas para piano solo. Se trata de su primer álbum de este tipo en veinte
años.
Más
allá de la noticia discográfica, el hecho resulta interesante por lo que
representa su trayectoria.
Valdés
recibió una profunda herencia de la música cubana y del jazz, pero también fue
uno de los músicos que ayudaron a llevar esas raíces hacia otros territorios.
Su
historia demuestra que respetar una tradición no obliga a repetirla exactamente
como fue recibida.
Una
raíz puede seguir siendo la misma mientras el árbol continúa creciendo.
Las
nuevas generaciones también están escribiendo la historia
La
música cubana de nuestros días tampoco puede entenderse como una simple
repetición de lo que hicieron los grandes nombres del pasado.
Hay
artistas trabajando desde el jazz, la canción, la música popular, la
experimentación y distintas formas de fusión que hace algunas décadas habrían
resultado difíciles de imaginar.
Un
ejemplo es Aymée
Nuviola, quien junto al pianista cubano Kemuel Roig publicó en
agosto de 2026 Aymée
Nuviola Feat. Kemuel Roig Live at Ronnie Scott's Jazz Club.
El
álbum reúne nueve actuaciones grabadas en el conocido club londinense y acerca
al público internacional un repertorio relacionado con diferentes tradiciones
de la música cubana y latinoamericana.
Pero
quizá lo más interesante no sea solamente el lugar donde se realizó la
grabación.
Está
también el encuentro. Una cantante cubana. Un pianista cubano. Canciones con
raíces latinoamericanas. El lenguaje del jazz. Y un público internacional
recibiendo todo aquello en un escenario con una larga historia. La tradición no
está quieta. Viaja.
Cuba
tiene más de una historia musical
Hablar
de "la música cubana" como si se tratara de un único sonido puede
llevarnos a una visión demasiado pequeña.
El
son es parte de esa historia. También lo son el bolero, la rumba, la trova, el
danzón, el chachachá, el mambo, el jazz afrocubano, la canción, la música coral
y la música popular bailable, entre muchas otras expresiones.
Algunas
nacieron en un momento determinado. Otras cambiaron con el tiempo. Algunas se
mezclaron con tradiciones de otros lugares y terminaron dando origen a algo
nuevo.
La
propia UNESCO refleja esa riqueza. Además del son, Cuba tiene inscrito el bolero: identidad, emoción y poesía
hecho canción, desde 2023, y la rumba cubana desde 2016, entre
otras expresiones de su patrimonio cultural inmaterial.
Todo
esto permite entender algo esencial: la
música cubana no es una fotografía. Es una historia que todavía se está
contando.
El
verdadero peligro no es que cambie
Quizás
exista una tendencia inevitable a mirar el pasado con cierta idealización.
Cuando
desaparece un artista querido, resulta fácil pensar que aquella época fue
irrepetible y que después de ella todo perdió calidad o significado.
Pero
la historia musical de Cuba cuenta otra cosa. Cambiaron el son, el bolero, la
trova, el jazz cubano y la música bailable también cambió. Y cada una de esas
transformaciones fue recibida, discutida y finalmente incorporada por nuevos
públicos.
El
problema aparece en otro lugar. Cuando dejamos de conocer lo que recibimos.
Una
canción puede seguir guardada en un archivo durante décadas y, sin embargo,
dejar de formar parte de la vida de quienes vienen detrás. Por eso no basta con
conservar los documentos. Hace falta volver a escucharlos.
La
radio ante un nuevo desafío
Durante
décadas, la radio fue mucho más que un medio para escuchar música.
Una
emisora podía convertir una canción desconocida en un éxito. Un locutor podía
presentar a un intérprete que todavía no tenía un gran público. Un programa
podía rescatar una grabación que llevaba años sin sonar.
Y
una entrevista podía dejar para el futuro algo que ningún disco podía ofrecer: la voz del propio artista contando
su historia.
Hoy
el escenario es muy diferente. YouTube, Spotify y las redes sociales ponen
millones de canciones al alcance de cualquiera que tenga conexión a Internet. Es
una posibilidad extraordinaria. Pero también plantea una pregunta: Cuando todo está disponible, ¿quién
nos ayuda a descubrir qué vale la pena escuchar?
La
radio ya no tiene que hacer necesariamente lo mismo que hacía antes. Puede
hacer algo diferente, explicar, relacionar una canción con su época, rescatar
un nombre olvidado, presentar una grabación y contar qué ocurrió alrededor de
ella. Puede, sencillamente, darle contexto a lo que escuchamos. Ese sigue
siendo uno de los grandes valores de la radio.
Internet
también puede guardar nuestra huella
La
revolución digital abrió otra puerta.
Un
video publicado hoy puede convertirse dentro de veinte o treinta años en un
documento para quienes quieran saber cómo veíamos, cómo escuchábamos y cómo
hablábamos de un determinado artista en 2026. Eso coloca una responsabilidad en
quienes publicamos contenidos sobre música.
No
basta con encontrar una fotografía antigua y colocar debajo el nombre de un
cantante. Hay que comprobar los datos. Identificar correctamente las imágenes. Buscar
fuentes confiables. Explicar el contexto. Distinguir entre lo que sabemos y lo
que simplemente hemos escuchado contar. La memoria cultural también necesita
rigor.
Una
información equivocada puede repetirse tantas veces en Internet que termine
adquiriendo apariencia de verdad. Y cuando eso ocurre, corregirla puede
resultar mucho más difícil que haber investigado correctamente desde el
principio.
¿Conocen
los jóvenes a quienes hicieron nuestra música?
Esta
es, probablemente, una de las preguntas que más deberíamos hacernos.
¿Qué
sucede cuando un joven escucha por primera vez a Benny Moré?
¿Quién
le explica por qué aquella voz fue tan importante?
¿Qué
ocurre cuando descubre un bolero de Olga Guillot?
¿Escucha
simplemente una grabación antigua o llega también a conocer la historia de la
mujer que está cantando?
¿Y
qué pasa con La Lupe, Los Zafiros, Fernando Álvarez, Orlando Contreras, Elena
Burke o Vicentico Valdés?
No
todos llegarán a ellos de la misma manera. Algunos lo harán en casa, escuchando
a sus padres o abuelos. Otros los encontrarán en una película. Otros en una
emisora. Y muchos, probablemente, llegarán a ellos por casualidad mientras
navegan por YouTube, Spotify o alguna red social.
Ese
primer encuentro puede parecer insignificante. Pero no lo es. Porque una
canción que alguien descubre por primera vez hoy puede convertirse mañana en
parte de sus propios recuerdos.
No
se trata de elegir entre ayer y hoy
La
conversación sobre la música cubana tampoco debería convertirse en una pelea
entre generaciones. No tiene mucho sentido enfrentar a Benny Moré con un
artista contemporáneo. Tampoco comparar un bolero de los años cincuenta con una
producción actual como si ambos tuvieran que cumplir la misma función.
Cada
época tiene sus preguntas, sus sonidos y sus maneras de expresarse.
Lo
interesante está en encontrar los vínculos. Un ritmo puede recorrer varias
décadas. Una melodía puede volver a aparecer. Un cantante puede inspirar a alguien
que nació muchos años después. Un compositor puede ser redescubierto cuando ya
parecía olvidado. Y una canción que durante mucho tiempo tuvo poco público
puede encontrar una nueva vida gracias a Internet.
Quizás
la continuidad cultural consista precisamente en eso: recibir algo, transformarlo y
entregarlo a quienes vienen detrás.
¿Quién
conservará lo que estamos dejando?
Cuando
muere una gran figura de la música, desaparece una persona. Pero su obra puede
seguir acompañándonos.
Está
en una grabación. En una fotografía. En una entrevista. En una partitura. En el
recuerdo de quienes compartieron con ella. En un programa de radio. En un
documental. En un libro. En un artículo publicado en Internet. Y, sobre todo,
en alguien que decide volver a escuchar. Por eso la pregunta inicial tiene otra
respuesta.
La
música cubana no desaparece porque sus grandes voces hayan dejado de estar
físicamente entre nosotros. El verdadero riesgo sería que dejáramos de
encontrarnos con ellas.
Que
una generación no supiera quién fue Benny Moré. Que un bolero de Olga Guillot
se convirtiera simplemente en "una canción vieja". Que una voz como
la de La Lupe dejara de provocar curiosidad. Que una grabación de Los Zafiros
quedara enterrada entre millones de archivos digitales. Ahí sí habría una
pérdida difícil de medir.
Y
la responsabilidad no corresponde solamente a los músicos. También están las
emisoras, los periodistas, los investigadores, los coleccionistas, los
profesores, los comunicadores y quienes hoy crean contenidos en Internet. Y,
por supuesto, está el público.
La
próxima gran voz puede estar sonando ahora
Tal
vez dentro de treinta años alguien escuche una canción grabada en 2026 y
experimente algo parecido a lo que nosotros sentimos cuando encontramos hoy una
grabación antigua.
Quizás
recuerde dónde estaba. Con quién estaba. Qué edad tenía. O simplemente qué
sintió la primera vez que escuchó aquella voz. Tal vez esa canción termine
formando parte de la banda sonora de toda una generación. Eso también es
historia.
Por
eso mirar hacia atrás no significa vivir en el pasado. Podemos escuchar a
quienes nos precedieron y, al mismo tiempo, prestar atención a quienes están
creando ahora.
Las
grandes voces que se fueron nos dejaron canciones, estilos, historias y caminos.
Las que están cantando hoy están haciendo algo parecido, aunque todavía no
sepamos qué lugar ocuparán dentro de unas décadas.
Quizás
esa sea la mejor manera de entender la continuidad de la música cubana: escuchar lo que recibimos, disfrutar
lo que tenemos y estar atentos a lo que está naciendo.
Porque
una canción no termina cuando acaba la grabación. Mientras alguien vuelva a
ponerla, vuelva a cantarla o la descubra por primera vez, seguirá teniendo algo
que decir.
Uso de inteligencia artificial

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