Entre algoritmos, plataformas, radio y redes
sociales, la música que llega hasta nuestros oídos ya no depende únicamente de
nuestros gustos
Por Alberto Cordoví Benítez.
| De la radio y los discos al streaming y los algoritmos: la forma de descubrir música ha cambiado radicalmente. |
Durante
buena parte de la historia de la radio, alguien tenía que tomar una decisión:
elegir una canción, colocarla en una programación y ponerla al alcance del
oyente.
Podía ser un
director de programas, un productor, un disc-jockey, un locutor o una persona
encargada de seleccionar la música. El criterio podía ser discutible. Podía
gustarnos o no. Pero había una persona detrás de aquella decisión. Hoy la
situación es diferente.
Una canción
puede llegar hasta nosotros porque la buscamos, porque alguien nos la
recomienda, porque forma parte de una lista de reproducción o porque un
algoritmo ha calculado que probablemente nos gustará.
Y aquí
aparece una pregunta que merece algo más que una respuesta rápida: ¿Quién
está decidiendo realmente qué música escuchamos hoy?
Del programador de radio al algoritmo
La
transformación no ocurrió de un día para otro.
Primero
llegaron los discos compactos. Después los archivos digitales. Más tarde
internet, las plataformas de vídeo, las redes sociales y el streaming. Cada tecnología
modificó nuestra relación con la música. Pero el cambio más profundo quizá no
esté en la forma de escuchar, sino en la forma de descubrir.
Antes, un
oyente podía escuchar una canción nueva porque un locutor decidió incluirla en
su programa. Hoy puede descubrirla porque una plataforma analiza lo que ha
escuchado anteriormente y le propone algo parecido.
Spotify
explica que sus sistemas de recomendación combinan diferentes señales con
criterios editoriales humanos para ofrecer contenidos personalizados y
favorecer el descubrimiento de artistas.
En YouTube
ocurre algo parecido. La propia plataforma reconoce que las recomendaciones
generan una parte muy importante de las visualizaciones, incluso por encima de
las suscripciones o de las búsquedas.
Eso significa
que ya no basta con hacer una buena canción. También hay que conseguir que esa
canción sea encontrada.
La música vive una nueva economía
Los números
ayudan a comprender la magnitud del cambio.
Según el Global
Music Report 2026 de la Federación Internacional de la Industria
Fonográfica (IFPI), los ingresos mundiales de la música grabada alcanzaron 31
700 millones de dólares en 2025, después de crecer un 6,4 %. El streaming
representó el 69,6 % de esos ingresos.
Pero hay
otro dato especialmente interesante: Latinoamérica fue la región de mayor
crecimiento, con un aumento del 17,1 % durante 2025. Allí el streaming
representó el 88,1 % de los ingresos de música grabada.
La
conclusión parece evidente: la batalla por la atención del público se está
librando cada vez más en el territorio digital.
Y en ese
territorio no basta con tener talento. Hay que tener presencia, visibilidad,
estrategia y capacidad para generar interés.
¿El algoritmo decide por nosotros?
No
exactamente.
Y conviene
hacer esta aclaración porque sería demasiado sencillo responsabilizar a los
algoritmos de todo lo que escuchamos.
Las
plataformas utilizan numerosos factores para realizar recomendaciones. También
existen equipos editoriales, listas de reproducción, búsquedas, tendencias,
actividad de los propios usuarios y decisiones de los artistas y las compañías
discográficas.
Spotify, por
ejemplo, continúa desarrollando herramientas destinadas precisamente a
facilitar el descubrimiento de nuevos artistas. En 2026 anunció nuevas
funciones para sus listas de descubrimiento y señaló que Release Radar
alcanza a cerca de nueve millones de oyentes cada semana.
YouTube
Music informó además que sus usuarios descubrieron a un artista que no conocían
previamente más de 450 millones de veces durante julio de 2026.
Por tanto,
sería injusto afirmar que los algoritmos solamente perjudican a la música. También
pueden abrir puertas.
El problema
aparece cuando confundimos visibilidad con calidad. Una canción puede
ser muy visible y no necesariamente ser extraordinaria. Y otra puede tener un
enorme valor artístico y permanecer prácticamente invisible.
La paradoja de la popularidad
Aquí aparece
una de las grandes paradojas de la música contemporánea.
Si una
canción tiene muchas reproducciones, tendemos a pensar que es buena. Pero las
reproducciones demuestran, en primer lugar, que muchas personas la escucharon. No
necesariamente explican por qué la escucharon, qué valor artístico tiene ni
cuánto tiempo permanecerá en la memoria.
La
popularidad puede ser consecuencia de la calidad. Pero también puede ser
consecuencia de una campaña de promoción eficaz, de una tendencia, de una
exposición repetida, de una recomendación automática o de un fenómeno ocurrido
en las redes sociales.
Por eso
conviene separar tres conceptos: popularidad, visibilidad y calidad. No
son sinónimos.
¿Y qué ocurre con la música cubana?
Aquí la
pregunta adquiere una dimensión especial.
Durante
décadas, la radio y la televisión fueron fundamentales para que un artista
cubano llegara al público. Hoy ese ecosistema es mucho más complejo.
Un
intérprete puede tener una producción disponible digitalmente y, sin embargo,
no conseguir que esa producción llegue a una cantidad significativa de oyentes.
En una
entrevista publicada por Cuba Tonight, el director de programas Joaquín
Quintero Valdés señaló precisamente la necesidad de una mayor promoción
internacional para los jóvenes intérpretes cubanos y llamó la atención sobre el
papel que desempeñan las disqueras y los mecanismos de promoción.
La cuestión
no es únicamente producir música. Es conseguir que alguien la escuche. Y esa
diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es.
Una canción puede perderse en un océano de
canciones
Cada día
aparecen miles de nuevas producciones musicales.
En ese
océano, incluso una obra bien realizada puede pasar inadvertida. El problema no
es exclusivo de Cuba. Es una consecuencia de la enorme cantidad de música
disponible.
Pero para
los artistas cubanos existen además dificultades específicas relacionadas con
promoción, circulación, acceso a determinadas plataformas y posibilidades de
internacionalización.
Una
entrevista publicada anteriormente en este blog con el productor José LuísSeijas abordó precisamente las dificultades de inserción de la música cubana en
el mercado internacional.
Esto nos
lleva a una conclusión importante: el talento necesita un ecosistema que le
permita ser descubierto. Sin ese ecosistema, muchas buenas canciones pueden
quedarse esperando a un oyente que nunca llegará.
La radio no ha muerto
En medio de
esta transformación hay quienes anuncian periódicamente la desaparición de la
radio. Pero quizá la pregunta correcta no sea si la radio desaparecerá. Tal vez
deberíamos preguntarnos qué función puede desempeñar en el nuevo ecosistema
musical.
La radio
todavía puede hacer algo que ningún algoritmo puede sustituir completamente:
contextualizar. Un programador puede decirnos quién es un artista, explicar de
dónde viene, relacionarlo con otro músico, contar una historia detrás de una
canción, defender una obra que todavía no tiene millones de reproducciones.
Puede
decirle al oyente: “Escucha esto. Quizás todavía no lo conozcas, pero creo que
merece tu atención.” Ahí existe una diferencia fundamental. El algoritmo puede
recomendar. El criterio humano puede argumentar. Y ambas cosas pueden
convivir.
El oyente también tiene poder
Existe, sin
embargo, otro protagonista que muchas veces olvidamos: el público.
Las
plataformas pueden recomendar. Las compañías pueden promocionar. Las radios
pueden programar. Los artistas pueden crear. Pero finalmente alguien tiene que
escuchar.
También
nosotros hemos cambiado. Tenemos acceso a una cantidad de música que ninguna generación
anterior tuvo a su disposición.
Podemos
escuchar una grabación de 1950 y, segundos después, una producción de 2026. O
descubrir un artista de La Habana, Londres, Bogotá o Nueva York sin movernos de
nuestra casa. Nunca tuvimos tantas posibilidades.
Pero tener
más opciones no significa necesariamente escuchar mejor. Significa que
necesitamos mejores criterios para elegir.
¿Qué música estamos dejando de escuchar?
Esta es,
para mí, la pregunta más importante.
Cuando una
plataforma aprende nuestros gustos, puede ofrecernos cada vez más música
parecida a la que ya escuchamos. Eso resulta cómodo. Pero también puede
encerrarnos dentro de nuestras propias preferencias.
Si
escuchamos siempre lo mismo, el sistema aprende que queremos seguir escuchando
lo mismo. Entonces descubrimos menos.
La música necesita
también de la sorpresa, del riesgo. Necesita de esa canción que inicialmente no
comprendimos, pero que después terminamos amando.
Necesita del
artista que todavía no tiene millones de seguidores, del género que no
conocíamos, de la canción que alguien nos recomienda simplemente porque
considera que vale la pena.
La nueva responsabilidad de quienes seleccionan
música
En este
nuevo escenario, quienes trabajan con música tienen una responsabilidad mayor.
El papel de la industria, los sellos, las redes sociales y los propios artistas también fue analizado recientemente en Cuba Tonight durante la entrevista con el DJ británico Mo Ayoub.
Un programador de radio no debería limitarse a reproducir aquello que ya es popular. Un DJ tampoco. Un periodista musical no debería convertirse simplemente en repetidor de tendencias. Y una plataforma debería buscar mecanismos que permitan que el descubrimiento no quede reducido exclusivamente a aquello que ya funciona.
Porque si
todos seleccionamos únicamente lo que ya tiene éxito, ¿cómo aparecen los
próximos éxitos? Toda música que hoy consideramos clásica alguna vez fue nueva.
Toda gran voz alguna vez necesitó una primera oportunidad. Todo artista
reconocido alguna vez tuvo que encontrar a sus primeros oyentes.
¿Quién decide entonces?
La respuesta
quizá sea más compleja de lo que parece. Decidimos todos: el artista
cuando crea, el productor cuando graba, la compañía cuando promociona, el
programador cuando selecciona, el algoritmo cuando recomienda, las redes cuando
convierten una canción en tendencia y finalmente decide el oyente cuando pulsa
el botón de reproducir.
El problema
comienza cuando alguno de esos actores termina teniendo un poder
desproporcionado sobre los demás. Por eso necesitamos mantener algo que ninguna
tecnología debería sustituir: el criterio.
Porque una
canción no debería valer solamente por la cantidad de veces que ha sido
reproducida. Y un artista no debería existir únicamente porque un algoritmo
decidió mostrárnoslo.
La
tecnología puede ayudarnos a encontrar música. La radio puede ayudarnos a
descubrirla. Los periodistas pueden ayudarnos a comprenderla. Los artistas
pueden ayudarnos a sentirla. Pero la decisión final sigue siendo nuestra.
Quizá la pregunta no sea quién decide qué música
escuchamos. Quizá la verdadera pregunta sea: ¿Estamos decidiendo nosotros qué queremos escuchar
o estamos dejando que otros decidan por nosotros?
La
respuesta, como casi todo en la música, tendrá que encontrarla cada oyente. Porque
escuchar también es elegir.
Uso de inteligencia
artificial:
Para
la elaboración de este artículo se utilizó inteligencia artificial como
herramienta de apoyo en la organización y revisión del contenido. La selección
del tema, el enfoque editorial, los criterios de análisis y la revisión final
corresponden al autor. La imagen principal fue generada mediante inteligencia
artificial para acompañar visualmente el contenido.

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